Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Enrique Berbeglia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Enrique Berbeglia. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de enero de 2012

CARLOS ENRIQUE BERBEGLIA





Carlos Enrique Berbeglia nació en Villa Mercedes. Además de dos libros de ensayo filosófico y uno de ensayo socio-antropológico, de la coordinación de seis volúmenes de estudios sobre perspectivas de antropología argentina, de artículos dispersos en diversas publicaciones nacionales y extranjeras, de una novela, tres recopilaciones de cuentos, tres obras de teatro y tres interlineales, publicó en poesía: Ráfagas de luna (1983), Tardes en el paisaje y hombre (1985), Fuego sin dioses (1987), Tierra crepuscular posible (1990), Correspondencia abierta (1992), Las horas del himno (1996), Revelaciones del tiempo (1997), Penumbra sin voz y luminosa voz de vos (2011).




Lasitud de los cuerpos
en el follaje incierto
que cede la estación al pensamiento
cuando las abejas revuelan su nostalgia.

El infinito les tiende su vacío
si el color distante donde el sol reposa
envuelto cn presagios o en el hábito simple
de lo que acontece
refleja nuestra alegría o pesadumbre.

La belleza de lo incognoscible
dora la resina
que desliza su color
por la superficie indómita del pino.

Ahora el tiempo regresa en un planeta
que se afirma cn el cielo,
soberano, primero, y transitorio.
El cuerpo, entonces,
retira su pesadez al sitio
donde la cotidiana charla,
las manos y el vino que lo ruborizan,
absuelven su inquietud
misericordes.


LÍMITES Y TRANSGRESIONES



Brilla en la pradera el viento.
Por detrás de su cristal
una simple fisura posibilita al viajero
las fronteras eludir de la maldad
y de aquellas empeñadas en la averiguación
de cuanta inalcanzable esfera contiene el universo:
canciones que nunca escuchará otra vez,
paisajes irreconocibles por el infortunio
                                                     que los modelara
y esas continuas falsificaciones del tiempo y la alegría
que sus congéneres bailaban cuando el mundo
la misma transparencia lucía que la brisa.

Y la vida, la conciencia, el amor,
la obligada soledad de las razones
afloraban en su haber sin reconocimientos
y sin una sonrisa que lo acompañara
por ese cansancio de buscar explicaciones
en la simple existencia de las cosas
(al inmediato alcance de su mano
de no ser por el viento que las dispersaba).






MEMORIA REINCIDENTE II



Esas coincidencias que en los filmes
salvan a los protagonistas
cuando la muerte o el destino
ciernen su avidez sobre los mismos:
una bisoña amistad esa ayuda antigua
ofrecida al monarca, desdichado otrora,
regresan fielmente para rescatarlos
aunque los enemigos arrinconen sus posibilidades
de salvación sin atenuante alguno.

Y, en el escenario, armas de utilería
defienden a los inocentes y a los malvados
exterminan sin misericordia.
Los niños, después, en sus hogares,
repiten las alternativas
con juguetes que, a la vez, remedan,
las formas imitadas.

La realidad, levemente apoyada sobre el tiempo
-que nos posibilita para, después, hundirnos
en su infinito cieno-
junto a él, sarcástica, sonríe.





ELLA LA VERDAD



Joven, y, te diría, casi adolescente,
la conocí gracias a una fotografia.
Distante, como una modelo o una actriz,
me observaba sin verme,
protegida por un celuloide brilloso
donde resaltaban su figura céfiros perversos
y ángeles aduladores.

Ya desde entonces nunca dejó mis sueños
o delirios. Airosa se escurría
como un fuego fatuo, si
en ese rosicler de la conciencia
la pretendía yo sin darme cuenta
que el tiempo la rejuvenecía,
mientras, hasta bordear la locura
mi amor por ella acrecentaba.

En un infortunado juego,
era la melodía que llega
en sus acordes finales al oído
y tantas cosas más, imágenes
y metonimias absurdas que nunca la
       aprehendían:
un neblinoso deseo solamente,
un neblinoso deseo...



PERÍFRASIS DEL ENCUENTRO

Si todos los días del amor fueran como el primer
       encuentro,
si el deslumbre inicial donde las nubes cantaban
       alegrías en la tarde
al menos perdurase como se extienden los límites
       de las ensoñaciones
que dedican los ángeles a sus creadores,
si las palabras del arrobamiento hendieran
       los espacios
en que lo inteligible
se aprisiona a sí mismo cuando su derrotero
       tanteamos en las sombras,
la riqueza del mundo afloraría en los yermos
donde el infortunio se sacia en los labriegos
y la nada coronaría, insomne, a los tiranos.

Si todos los días del amor fueran como
       el primer momento,
los recuerdos también se recluirían en celdas
       pequeñas sin nostalgia
y un presente ni eufórico o altisonante
colmaría de felicidad la mañana en que despiertan
       los apesadumbrados
y las emociones suscitadas por la simple existencia
       de las cosas
nunca se marchitarían en nuestros corazones
y el ungüento sagrado de la paz y la dicha
colmaría la ansiedad de ser que nos persigue
tantas veces la ignorancia y el azar
nos hieran con sus armas
de miedo y latón en la penumbra.

viernes, 6 de enero de 2012

CARLOS ENRIQUE BERBEGLIA

CARLOS ENRIQUE BERBEGLIA nació Villa Mercedes, San Luis, en 1944, reside en Buenos Aires y se desempeña como profesor titular de Antropología en la Universidad Nacional de dicha ciudad. Sus últimos libros publicados han sido: Reflejos sucesivos (cuentos) Ambigüedades y certezas, El mediodía en su sombra  y La rebeldía agónica (interlineales), Muñecos de pelusa y azafrán (teatro para títeres), Razón, persistencia racionalidad (filosofía, Biblos, 2004), Proximidades lejanas (poesía, 2007), Imperátor (teatro).

 
TESTIGO IMPROCEDENTE

La luna, que se refleja en la lluvia caída,
observa meticulosamente los alrededores,
la de arriba, candorosa y apacible luego de la tormenta
continúa su marcha prevista a cielo abierto, aquí,
o entre el ramaje de la selva
y hasta sorteando las cumbres montañosas
en paisajes distantes.

Cautelosa, la de abajo, en cambio
y desobedeciendo las leyes de la óptica más elementales,
sale del charco y repta entre las casas dormidas,
cuidadosa y silente.

El único testigo que la sorprendiera
pregunta entonces por el motivo de esa trashumancia:
¿acaso el deseo de regresar a las ambivalencias
fecundas de la tierra, simulando, entretanto,
la torva indiferencia cotidiana de sus faces,
o una patrulla que rastrea las posibilidades
de una invasión posterior, definitiva,
que sorprenda a la tierra y la libere
de la aventura humana y su perfidia?



 
PASEO VERPERTINO

Satisfecho,
como en los momentos previos de un carnero
al ser sacrificado, deambula por la vida
ajeno hasta de su propia imagen
que infructuosa la apremia desde los espejos.

Vacío,
colmado por cuantas fruslerías
lo entretienen en su quedarse inmóvil
y azorado cuando lo hostiga el movimiento
impávido de aquellas.

Distante,
de cualquier empresa
que implique un recorrido nuevo,
una vía distinta a esa por la que siempre anduvo
carente de entusiasmo y energía.

Atónito,
afrontando un mundo continuo de discordia,
constante en la injusticia,
promiscuo en la mentira,
lugar apropiado para su cotidiano sueño.



ENLACES  SUCESIVOS


Me limito a una sola danzante la tarde del domingo
Dios baila en la misma pista
y ha elegido a la nada como compañera,
apenas nos rozamos no obstante sus intrincados giros
que llaman la atención de los espectadores.
Yo evito marearme y sostengo el ritmo de mi pareja,
la injusticia, que imperturbable golpea
diariamente las puertas de mi casa,
siempre que la atiendo me produce el mismo asombro,
sus multiformes rostros, los mismos que ahora cambian
si intento desprenderme de sus brazos.

Gracias a un álbum de fotos
cuyas páginas deslizo entre mis manos
recreo estos sucesos anteriores:
“salvaguardas del tiempo las fotografías ...”
hubiera sostenido entonces.

No nos engañemos, la realidad que reposa en la fotografía
no revela la realidad que alude sino mas bien descansa
en su propia realidad de superficie y cromo
y estas palabras mías que ahora las develan
sólo en la mente que relea estos versos se decodifican.

Cierro el álbum,
no a las instancias que aludiera.




DIÁLOGO  TARDÍO


El viento que atormenta los árboles
y forma remolinos de pájaros y ángeles,
ese fantasma de ayer, desdibujado,
que te despierta, ahora,
de ese letargo sin mácula de inteligencia alguna,
propia de un persistente otoño
extendido a tu incomprensión y tu melancolía
incluso hasta en las propias vísperas
de tu definitiva negación del lógos,
cuando, en tus brazos, las alas
de aquellas criaturas celestiales,
(ante tu desesperación que siempre se creyera indiferencia
desistan su pretensión de hogar
y, al abandonarse en su dolor a vos,
te dejen también a la merced del viento
que se enriquece, ahora,
con un fantasma nuevo,
extraña, contradictoria imagen
que luce bajo la claridad del día
mecida sin ton ni son
como una prenda vieja de su soga.